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viernes, 29 de mayo de 2009

Amar para siempre o amar por un rato

¿Hemos convertido al amor en un bien de consumo?

Antes, una refrigeradora era para toda la vida. Con cada objeto que adquiríamos venía la promesa, y también la esperanza, de que durara mucho tiempo, “lo más que se pueda”, para no tener que reemplazarlo. ¿Qué sucede ahora? Cuando se daña la refrigeradora, viene el técnico y nos dice: “no hay como las de antes, estas ‘refris’ nuevas se dañan con mucha facilidad. Mejor bótela y compre una nueva, repararla es muy caro”.
En los tiempos que vivimos, queremos consumirlo todo y vivir para el placer y bienestar. La comodidad se ha convertido en un valor, es decir, esforzarnos poco o nada pero recibir a cambio todo lo que sea posible. Pensamos que es en esta forma como encontraremos la felicidad. Cuando vamos al centro comercial y compramos algo, apenas vamos saliendo y ya deseamos regresar a comprar. Invertimos mucho tiempo pensando en los objetos que nos faltan y no tanto en los que acabamos de adquirir. Es como si perdieran valor rápidamente. Con poco uso ya son viejos, están usados.
Me preguntarán ¿qué tiene que ver esto con el amor y el matrimonio? Pues mucho. Ahora, el amor ha pasado a ser un bien de consumo más. Igual que con la refrigeradora, ya no esperamos que sea para toda la vida, si es que todavía lo pensamos. No ponemos todo el esfuerzo para lograrlo, esperamos que sea el otro quien lo haga. Son pocos los decididos a poner todo de sí mismos para salir adelante.
Las relaciones entre las personas son el reflejo de la era consumista: mientras nos beneficien y nos sirvan, las adquirimos. Luego, cuando ya no nos rinden, las desechamos, como objetos que dejaron de cumplir la función para la cual se los eligió. Y ¿que pasó con “te amaré hasta que la muerte nos separe”? ¿Se estará cambiando por “te amaré mientras me des lo que necesito y de la forma como me gusta (atención, cariño, independencia de los padres, bienestar económico, comodidad)”? “Cuando ya no cumple con los requisitos por los cuales lo elegí, los busco en otra persona que me haga sentir bien, que me dé lo que busco, pues merezco algo mejor”. “No nací para sufrir... sinó para ser feliz”, es lo que escuchamos.
Cuando hablo del amor para un rato me refiero a las relaciones rápidas e intensas, donde no hay un compromiso. Sin embargo, se entrega mucho, uno mismo, en el acto sexual, “pero doy poco, pues trato de proteger todas mis emociones para no sufrir cuando la relación termine”. Casi siempre se está pensando ¿cuándo es que se termina?, pues no hay un contrato implícito a largo plazo, ni la posibilidad de que exista.
La gran paradoja es que, mientras se trata de ser feliz, solo se encuentra el vacío y la tristeza que deja una relación más en la que ninguno se compromete, tratando de protegerse emocionalmente, pero terminan heridos silenciosamente. Esto sucede tanto en parejas en etapas de enamoramiento, como en los matrimonios, que a pesar de tener un rito explícito en el cual se prometen estar toda la vida juntos, no creen que eso sea posible.

¿Qué pasó que ahora las relaciones son tan frágiles?
El compromiso se ha convertido en un desafío en los tiempos posmodernos, en los cuales el consumo, el bienestar y la comodidad son el hilo conductor de la vida.
Existe realmente un terror al compromiso, que a la vez encierra “miedo a perder la independencia para hacer lo que quiero, a la hora que me provoca, y volverme dependiente y perder espacio de acción. Miedo a la incertidumbre que trae una relación de dos. Miedo a perder comodidades. Miedo a que el otro saque lo peor de mí. Miedo a que no confíen en mí. Miedo al conflicto. Miedo a renunciar a algo para llegar a acuerdos. Miedo a no recibir lo que espero. Miedo a perder el control de la situación. Miedo a darme por entero y que el otro lo haga a medias. Miedo a que el otro no se comprometa como yo y me deje. Miedo al cambio”.
En el fondo existe un gran miedo a sufrir y a amar. Estos temores se convierten en una gran coraza, que a la vez que me protege de salir herido de una relación, también impide que el otro me ame, pues no puede llegar a mí, porque si amo podría quedar indefenso.
Si no me comprometo no me entrego, por lo tanto elijo ser libre, sin responsabilidades hacia otra persona. Vivo una falsa felicidad, pues lo que encuentro es soledad, egoísmo, resentimientos y heridas. Una relación sin compromiso está destinada a morir. Es una trampa en la que encuentro exactamente lo contrario de lo que buscaba.

¿Qué significa amar para siempre?
Cuando dos personas elijen estar juntas para toda la vida, con plena convicción de su decisión, se comprometen a amarse el uno al otro, a cuidar del otro, a dar lo mejor de sí, a respetarlo, a incomodarse, a plantearse un proyecto de vida en común. Ser amado es la respuesta del amar al otro.
Si me comprometo con otra persona en una relación para toda la vida. Tendremos momentos de intimidad, alegría, ternura. Viviremos con la seguridad de que para los dos la relación es para siempre, lo que implica que ante las dificultades, las tristezas, los desacuerdos, los resentimientos, los sufrimientos (que son parte natural del matrimonio) trataremos juntos de buscar soluciones para alcanzar esta meta, y no será la separación la primera respuesta.
Es decisión nuestra si elegimos relaciones sin compromiso o elegimos amar a otro para toda la vida, con la disciplina y voluntad que ello requiere.

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Jóvenes sin ataduras: Miedo al compromiso

¿Es cierto que se ha vuelto más difícil encontrar el verdadero amor?
¿Por qué, incluso, quienes aman a su novio o a su novia, no quieren comprometerse para toda la vida?
¿Por qué tantos le temen al matrimonio?

“Nueva York. Eran más de las ocho de la noche de un viernes, y ahí estaba yo, en otra cita a ciegas, con Jaime, un chico “interesante”, de treinta y pico años. Estábamos en un restaurante, a la luz de una vela, tomándonos una botella de vino y hablando, muy animados, de nuestros respectivos trabajos. Mientras tanto, me preguntaba: ¿será este el hombre con el que pasaré el resto de mi vida?
La conversación era entretenida e inteligente, sin embargo, no pude evitar mirar de reojo el reloj. En el mejor de los casos esta sería una cita más. Mi lista de citas a ciegas ya era interminable. Hacía tres años había terminado con mi último novio y me agobiaba pensar cuántas citas más tendría que aguantar”.
Con estas palabras, más o menos, comienza el libro La generación sin ataduras (Unhooked generation) de Jillian Straus, una periodista que se dio a la tarea de entrevistar a 100 jóvenes entre 25 y 39 años en los Estados Unidos, y escuchar sus ideas sobre el amor. Le preocupaba ver que su amigo Drew había tenido varios noviazgos serios, y todos habían fracasado. Sus novias parecían muy enamoradas de él, pero las relaciones terminaban pues él no se atrevía a dar el siguiente paso.
Y como Drew, estaba su amiga Michelle, que a cada rato la llamaba llorando y se lamentaba: “¿No soy normal?, ¿algo raro me pasa?, ¿o será que los raros son ellos?”. O Clara, que con cada ruptura afirmaba resignada: “Me dejó porque no soy la mujer perfecta con la que él sueña”.
Drew, Michelle y Clara tenían buenos trabajos, un amplio círculo de amigos y varios hobbies, sin embargo, cada conversación estaba marcada por las historias de sus fracasos amorosos. Entonces, Jullian comenzó a preguntarse: “¿Será que hablamos demasiado de nuestras frustraciones amorosas o acaso la búsqueda del amor y el compromiso se han hecho más difíciles para nuestra generación? ¿Somos unos inmaduros o es que tenemos muy mala suerte?”.

Las 7 grandes amenazas

La autora norteamericana descubrió siete influencias externas con las que tenemos que luchar quienes pertenecemos a la Generación X. Son siete influencias que nos ponen zancadillas, todo el tiempo, para encontrar el amor que buscamos.

1. El culto al yo
Somos una generación obsesionada con la “independencia”, y nos parece vergonzoso admitir que nuestra prioridad sea encontrar un esposo o una esposa. Eso suena mal. Suena mejor decir que se quiere el éxito profesional o alcanzar solvencia económica.
Escuchamos a mujeres que afirman: “No necesito a un hombre en mi vida”; y a hombres que dicen: “Me va muy bien así, solo”. Después de varios años concentrados en la profesión descubren que no “han encontrado” a alguien que los ame y a quien amar. Algunos, incluso, reconocen que dejaron ir a su “alma gemela”, pues comprometerse significaba renunciar muy pronto a su “libertad”. Otros han decidido posponer el amor para “cuando estén listos”, y cuando están listos no llega.
2. La cultura de selección múltiple
Las citas online, los blogs, y los mensajes instantáneos nos han llevado a creer que hay infinitas posibilidades con solo hacer un “click”. Quienes tienen una relación estable están constantemente comparando con lo que podrían encontrar si usaran la página web indicada o se fueran a vivir a otra ciudad. “Siempre puede haber alguien mejor”.
Muchos tienen una lista de requisitos para el esposo o esposa ideal. Ana María no la tiene escrita, pero la repite sin pensarla: “Que sea fiel, ambicioso, trabajador. Que le gusten los niños. Que me escuche y me entienda. Que tenga iniciativa. Muy deportista. Que tenga sentido del humor. Ah, y muy importante: que me vuelva loca con solo mirarlo”.
El resultado: nunca estamos satisfechos con la relación actual y nos cuesta comprometernos de verdad. Nos hemos vuelto impacientes y no le damos tiempo a la relación para que crezca y madure.
3. Las secuelas del divorcio
Aun para quienes han visto a sus padres juntos toda la vida, el divorcio se ha convertido en una amenaza. Por todos lados hay gente divorciada. Hemos perdido la confianza en un matrimonio feliz. Y como si fuera poco, nuestras expectativas se han vuelto poco realistas: “Para casarme, tendría que encontrar a alguien fuera de serie y tendría que estar completamente segura de que nunca me voy a divorciar”, afirmaba una de las entrevistadas.
4. Los efectos secundarios del feminismo
El feminismo abrió caminos importantísimos para la mujer, pero también abrió grietas en nuestra concepción del hombre y la mujer, de la familia, del amor. Muchas mujeres quieren te-nerlo todo a la vez (esposo, carrera, hijos, viajes) y, cuando no pueden, se frustran. Por su parte, los hombres, no saben bien qué se espera de ellos y qué esperar de una mujer. Tomás, por ejemplo, no quiso volver a salir con Claudia porque ella insistió en dividir la cuenta por mitades cuando salieron por primera vez. Los códigos del noviazgo, que por tantos años estuvieron basados en los roles tradicionales del hombre y la mujer, han sido modificados, y aún no existen pautas de conducta definidas, que nos den una clara carta de navegación.
5. “¿Para qué sufrir?” es la actitud imperante
Una vez que se agota lo placentero se piensa que se acabó el amor. En vez de conservar al novio o a la novia y superar juntos los problemas nos quedamos con el problema, pero nos deshacemos de la relación.
Se ha desfigurado el sentido del sufrimiento. Y lo cierto es que se puede sufrir sin amar, pero nunca se podrá amar, de veras, sin sufrir. Todo compromiso implica atravesar días buenos, regulares y malos.
6. Los estándares de vida que propone la farándula
Las series de TV nos convencen de que la vida de soltero es “sexy” y, en cambio, la de casado es monótona y aburrida. Estamos como hipnotizados por la farándula: solteros cotizados y noviazgos superficiales que se basan en el glamour. Pero recordemos que los famosos solo están en portada cuando se casan o se divorcian, pero ¿quién habla de los que están felizmente casados? Eso no es noticia.
7. El promedio de la edad para casarse se ha elevado
La edad promedio para casarse se ha elevado, y, con ella, aumentan los requisitos que cada prospecto de pareja debe llenar. Con la edad, se acumulan las heridas y aumentan los puntos de comparación. Después de muchos años de vida de soltero cuesta más abrirse a un nuevo amor. Y, como si fuera poco, las mujeres tienen que enfrentarse con su reloj biológico.


La salida de esta encrucijada cultural
El panorama que pinta Jillian es desolador, sin embargo, al final del libro presenta el caso de parejas que “cambiaron de chip” y le apostanon al amor verdadero. La sensación de vacío que produce el resto de las relaciones que describe el libro se desvanece.
“Me di cuenta de que todo lo que me habían enseñado para encontrar y mantener el amor estaba equivocado... Las personas que han encontrado el verdadero amor han usado un enfoque contrario a lo que nos ha hecho creer esta cultura”, afirma Straus.
Estas son las actitudes que Jillian le sugiere a quienes quieren alimentar un verdadero amor:

  • Dejar de centrarse en el “yo”, y enfocarse en el “nosotros”.
  • Abandonar las expectativas irrealistas que tenemos del otro y dejar de compararlo con los que hubo antes.
  • Dejar de pensar que un “alma gemela” llegará a nuestra vida mágicamente. Pensar más bien en trabajar juntos para llegar a ser, cada uno, el “alma gemela” del otro.
  • No pensar que el otro es como un objeto que debe satisfacer mis necesidades.
  • Aceptar al otro tal como es, en vez de estar esperando más y más de él o ella, todo el tiempo.
  • Pensar: ¿qué estoy dispuesto a sacrificar yo?, en vez de pensar: ¿qué está él o ella dispuesto a hacer hoy por mí?
  • No aferrarse a los miedos, el escepticismo y la impaciencia.
  • Asegúrese de alcanzar una conexión profunda: comunicarse a fondo.
  • Tener la valentía para comprometerse.
Cuatro claves para hallar el amor verdadero
Encontrar el amor no es una búsqueda externa, es un proceso que se da dentro del corazón. Jillian encontró cinco cualidades en común en las parejas que viven felices.
  1. Mírese primero a sí mismo. En las parejas felices cada uno estaba decidido a ser una persona más comunicativa y comprensiva, en vez de pensar en cómo deshacerse de su pareja cada vez que pelaban.
  2. Rompa su lista de requisitos. Estas parejas comenzaron a ser felices cuando dejaron de lado sus expectativas y se abrieron al amor aunque no encajaba perfectamente en sus moldes. Tuvieron que romper esquemas, pues muchas veces el otro no se parecía a lo que siempre habían soñado.
  3. Reduzca la velocidad. Elisa descartó a Miguel de entrada, pero su amiga Susana la animó a conocerlo mejor. Seis meses después ella le dio las gracias: “Gracias por insistirme en que debía conocerlo mejor. He descubierto que es maravilloso”. No pensemos que vamos a distinguir el amor verdadero después de la primera cita. El amor y la pasión requieren tiempo para madurar y crecer.
  4. Entréguese de verdad. El matrimonio exige una decisión completa y comprometida de entregarse plenamente al otro. Quien deja abierta una puerta de escape no experimentará el amor a plenitud.

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Hijos con autoestima sana

“Si la imagen que tengo de mí misma es que mido un metro ochenta, el día que me mire al espejo y descubra que mido uno cincuenta, mi autoestima se vendrá al piso, porque se ha construido sobre una premisa falsa”, dice Cynthia Hertfelder, una pedagoga española de amplia trayectoria, para ejemplificar lo grave que es crear una autoestima sobre mentiras. “Tengo que aprender a valorar lo que en verdad soy”, afirma y nos da más pautas en su último libro Cómo se educa una autoestima familiar sana.

Cynthia Hertfelder estuvo en Guayaquil invitada por la Fundación Sé Más y su programa de Magísteres en Asesoramiento Educativo Familiar y tuvimos la oportunidad de dialogar con ella.

Para empezar, ¿qué se entiende por autoestima?
Es el valor y la estima que una persona le da a lo que conoce de sí misma. Para tener una autoestima sana lo primero será conocerte bien. Si tú no te conoces bien o la imagen que te han enseñado de ti es una imagen falsa o inadecuada, que no corresponde a tu propia realidad o que oculta aspectos fundamentales, esa estima que te tienes a ti mismo, ese valor que te das a ti mismo será también falso.

¿Cuándo nace esta autoestima?
Se configura en una sola persona y necesitas que te hayan querido incondicionalmente. Cuando un niño nace y sus padres lo quieren simplemente por el mero hecho de existir, no importa que sea listo o guapo. A todas las mamás nos parece que nuestro hijo es el más lindo del mundo, y puede estar enfermo o sano, y lo queremos exactamente igual. En ese cariño incondicional del padre o de la madre está la base para que una persona pueda aprender a estimarse como persona y darle crédito a sus propios valores.

Quien no ha tenido padre ni madre, ¿puede tener una autoestima sana?
Evidentemente es un proceso más difícil. Aquellos niños que crecen en una institución que no tienen ese padre y esa madre que los quiere, necesitan encontrar lo que se llama una figura de apego, que puede ser la monjita, la enfermera o la maestra del centro donde está, porque si no encuentran esa figura de apego en donde vean ese cariño, ese niño no se desarrolla adecuadamente. Esto es tan importante que incluso esos niños pueden tener una excelente alimentación y atención médica, pero si no tienen esa parte afectiva pueden llegar a morir. Es más importante el amor que la alimentación.

¿Cuáles son los factores que condicionan la formación de la autoestima?
Lo fundamental es sentirse querido. Si me he sentido querido puedo aprender a querer a los demás, a quererme a mí mismo, a respetarme, a darme valor, pero a valorar lo que en verdad soy. Te doy un ejemplo: yo soy bajita, y si la imagen que tengo de mí misma es que mido un metro ochenta, el día que me mire al espejo y descubra que mido uno cincuenta mi autoestima se vendrá al piso, porque se ha cons-truido sobre una premisa falsa. Tengo que aprender a valorar lo que en verdad tengo. Lo que en verdad soy. Todos tenemos virtudes y defectos. Cuando al niño le enseñas a ver cuáles son todas sus potencialidades, empieza a valorarse, a darle un significado al esfuerzo y a lograr cosas.

¿Cómo contribuye la exigencia en la formación de la autoestima?
Mucho. No solo en el cariño está el ser querido. Una manifestación fundamental del cariño de los padres es la exigencia que se le de a ese niño. Vivimos en una sociedad en que pecamos de permisivismo. Le damos a nuestros niños de todo: que no sufran, que siempre tienen la culpa otros de lo que ellos hacen. ¿Qué ocurre entonces? Que nuestros hijos no saben utilizar sus propias herramientas, sus propias virtudes ni sus propios valores. No aprenden a conocerse. Lo tiene todo, se saben queridos, pero como no se saben exigidos, no aprenden a tener confianza en sí mismos. Su autoestima nunca será sana. Es decir, hay que poner límites pero con amor, no por egoísmo. Si a mis hijos yo los organizo por mi propia comodidad, como si fueran mis empleados, no los estoy educando.

¿Qué pasa con las madres que trabajan? Ellas suelen ser muy permisivas para justificar el tiempo que no están en casa...
Esas mamás y papás se equivocan. En el cariño está la exigencia. Cuanto tú, del cariño quitas la exigencia, el mensaje que le estás dando al niño es “haz lo que quie-ras que no me importa lo que hagas”. El niño necesita saber que al padre le importa lo que hace. Lo mismo pasa en un trabajo, si no te exigen sientes que no te valoran, que en cualquier momento te despiden. Cuando tú a un hijo no le exiges, por poco tiempo que pases con él, el mensaje que indirectamente le estás dando es: no me importas. El niño no siente confianza en él, por lo tanto no se tiene que esforzar, ¿para qué? No aprende a conocerse. Más tarde no habrá autoconfianza.

¿Cuáles son los enemigos de la autoestima en el contexto familiar?
Podemos resumirlos en tres, y van relacionados con lo que estamos tratando:

  1. Permisivismo. Dejas al niño hacer lo que quiere en cualquier momento, no pones límites.
  2. Individualismo. Hacerle pensar al niño que es el centro, el ombligo del mundo; una consecuencia del permisivismo.
  3. Autoritarismo. Por actitudes autoritarias obligas al niño a meterse en sí mismo. Creas niños inseguros e incapaces de tener iniciativas propias.
A tus hijos no debes mostrarles solo sus defectos, muéstrales siempre las dos cosas a la vez (defectos y virtudes). Si solo le muestras los defectos vive con eso y pensando que no vale, que no es capaz de nada, y si por contrario le muestras solo sus virtudes, el narcisismo le impedirá actuar, porque la tolerancia a la frustración que tendrá es cero.

¿Cuáles son las claves para crear una autoestima familiar sana?
Es algo que parece fácil, pero que en realidad es difícil: aceptar a cada hijo como realmente es. No proyectar lo que a los padres (o al mismo hijo) les gustaría que fuese. Aceptar lo que ese hijo realmente es con sus virtudes y sus defectos. Aceptarlo, comprenderlo y ser capaces de ponerte en su lugar.
La exigencia es la base de la confianza y la confianza es la base de la autoconfianza. Cuando me siento afectado y siento que se confía en mí, mi autoestima está sana.

¿Qué pasa con los sentimientos?
Es ahí donde les enseñas a las personas a ser dueñas de su propia vida, a ser libres. Que sean ellas las que manejen sus sentimientos y no dejen que sus emociones y sentimientos las manejen a ellas. Y claro que se puede educar a los sentimientos. Al igual que se educa la inteligencia, los sentimientos también pueden ser educados, y básicamente se hace en la familia. Esta educación es cuando tú le enseñas a un niño que a ese sentimiento que le invade le puede dar un significado con su inteligencia. Con su voluntad lo puede modificar, y querer lo que debe querer y no lo que le apetece querer o lo que más le atrae. Tú educas los sentimientos cuando enseñas “a querer” el bien, lo bueno.

¿Qué sería lo básico para mejorar la autoestima de una familia?
La seguridad que transmiten los padres. La comunicación permanente entre padres e hijos. Una exigencia coherente, que sea por y para el bien de los hijos. Que se acepte a cada hijo como es y que se lo estimule para que sea autónomo y no dependiente. Cada familia debe tener un proyecto educativo que se aplique con cada hijo, porque cada hijo es diferente. Siempre digo que me da igual que tener 1 o 23 hijos. Si tienen 23, pues tienen 23 hijos únicos. Ese “saberse querido” lo tiene que percibir cada hijo porque él es único, que da igual como sea, que él vale la pena.

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Educación es consideración

"Cuando el crecimiento tecnológico no va de la mano con la madurez social".

Este nuevo año, más allá de la crisis económica mundial que se ha pronosticado, en el Perú, tecnologías como la televisión satelital y on line, telefonía móvil de tercera generación, juegos interactivos, entre otros, están cada vez más disponibles y accesibles para todos. Pese a estas expresiones del “desarrollo” humano, sigue faltando conciencia ciudadana en nuestra sociedad. Así, continúan desde pequeñas malas costumbres como “colarse”, arrojar el empaque de una galleta por la ventana del auto, hasta situaciones graves como accidentes a causa de choferes ebrios o que se pasaron la luz roja porque “estaban apurados”. Las causas son varias, pero muchos coinciden en que la causa primera es la falta de educación. Pero ¿qué tiene que ver la educación frente a hábitos que se sostienen en la “criollada”, en la indiferencia total sobre lo que le pueda pasar al otro “mientras yo me beneficie o consiga lo que quiero”?
En principio, debemos indicar que educar significa, según lo define la misma Real Academia Española, desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos. Esto es, los seres humanos no solo deben aprender a leer, a escribir y demás, sinó que su educación debe comprender también valores éticos y morales, asi como normas de convivencia social.
Es más, el mismo Fiedrich Fröbel, pedagogo alemán que creó el concepto de lo que hoy conocemos como Kindergarten, sostenía que el “exteriorizar lo interior, interiorizar lo exterior y encontrar la unidad de ambos, tal es, por lo general, la forma externa en que se traduce el destino humano”. En ese sentido, para Fröbel, la verdadera educación, además de promover el conocimiento total de la propia persona, tiene un impacto profundo en la manera en la que los seres humanos se relacionan con su ambiente exterior, en cómo se desenvolverá frente a los logros y desafíos de su propia vida.
Nadie puede negar que el colegio, instituto o universidad tienen un papel muy importante en la educación de los hijos. También es cierto que aún no se provee de los suficientes recursos para perfeccionar el sistema educativo en el país. Mas, como ya lo hemos mencionado en artículos anteriores, la adecuada enseñanza de los padres y su testimonio son básicos para educar a los hijos. Allá, por el año 1820, Fröbel se preocupó mucho por la formación de las madres, convencido de la gran importancia de estas en la formación de las futuras personas. La educación de los padres es imprescindible. No hay lugar mejor en el que se pueda hacer entender a los futuros adultos por qué es importante respetar los derechos del otro, cumplir las normas establecidas en la sociedad.
En resumen, una persona educada no es la que alcanza el más alto nivel de instrucción, si no aquella que entiende que vivir en sociedad implica respetar al otro y tratarlo como espera ser tratado. Ese es el único y real punto de partida para que una sociedad pueda crecer y madurar. Es claro que se requieren muchos cambios para contar con ciudadanos mejores, pero usted puede hacer la diferencia. Mire a sus hijos y haga de ellos personas educadas, en el verdadero sentido de la palabra. Las nuevas generaciones se lo agradecerán.

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Compartiendo en pareja

“En la tercera edad, el amor en pareja puede ser más sólido y consistente”.

En la etapa de la vejez, el amor en pareja puede ser más sólido y consistente. Es el momento de amarse y entregarse mutuamente y sin excusas, y afrontar juntos las dificultades físicas que traen consigo el paso de los años.
La juventud es la gran diosa de los últimos años: nadie quiere envejecer y cada día cobra más fuerza la falsa idea de que lo que hagas en los primeros años de la adultez marcará tu éxito o tu fracaso. El endiosamiento de la juventud difunde una idea principal: nadie quiere ser viejo. Pero, como cualquier otra etapa de la vida, la vejez debe ser vista con objetividad, reconociendo lo que esta trae consigo, y lo que implica este cambio para la persona, tanto física como psicológica y espiritualmente.
La tercera edad no es sinónimo de soledad y enfermedad. Si bien estos aspectos se presentan comúnmente en la vida de las personas mayores, requieren ser vividos adecuadamente. No es una etapa para deprimirse o recriminarse por lo que se hizo o dejó de hacer, sino para cosechar los frutos del trabajo de tantos años, para entretenerse con el tiempo libre, para disfrutar junto con el cónyuge de momentos privilegiados llenos de recuerdos, y para acercarse más a Dios a través de la oración y el sufrimiento por el deterioro físico que suele estar presente cuando ya no se es igual de fuerte que en la juventud.

Nos tenemos el uno al otro

El principal soporte en esta etapa de la vida será, sin duda, el esposo o la esposa que nos ha acompañado durante toda nuestra vida y con quien se ha envejecido. Este será un tiempo especial de amarse y entregarse mutuamente sin miramientos ni excusas.
Para muchos, la vejez se hace pesada y los ancianos tienden a asumir una actitud enojona, impaciente o desesperada, reclamando con angustia y desesperación que su cónyuge esté atento para cuidarlo, olvidando que juntos han envejecido y que, como cuando eran jóvenes, la lucha sigue siendo de dos.
Entre los cambios que aparecen, la enfermedad puede ser el más difícil de afrontar a nivel personal y familiar. Descubrir, a partir los 60 ó 70 años, más o menos, que ya no se tiene la misma fuerza de antes y que se necesita de otros para que aten nuestros zapatos u otras cosas puede llevarlos a la depresión o a la pretensión de la autosuficiencia, obviando que el camino correcto a seguir es asumir este cambio de la mano de los demás.
Para Nancy Escalante, columnista del portal mexicano Almas, durante esta etapa se da una renovación y apreciación del valor de estar juntos, especialmente frente al pensamiento de la separación definitiva. Es el momento en que se necesita el apoyo y el cariño del otro y en el que los conflictos de pareja deberían ser menos frecuentes, pues la gran mayoría ya se ha estabilizado.
Sobre esto, el papa Juan Pablo II, gran ejemplo de cómo vivir la enfermedad y la vejez santamente, escribió en su “Carta a los Ancianos”, del año 1999, que la fragilidad humana y la ancianidad son “una llamada a la mutua dependencia y a la necesaria solidaridad que une a las generaciones entre sí, porque toda persona está necesitada de otra y se enriquece con los dones y carisma de todos”. Sus palabras son un llamado para que los ancianos se reconozcan frágiles y necesitados y un cuestionamiento para esa vanagloriada juventud que muchas veces se niega a prestar la ayuda necesaria a sus abuelos y a ver en ellos un modelo de vida y los mejores depositarios de los recuerdos y la historia familiar.

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¿Cuándo es permitida la eutanasia?

Padre, ¿en qué consiste la eutanasia? ¿Cuándo la Iglesia Católica permite desconectar a un paciente?

Etimológicamente, “eutanasia” (del griego “eu”: bien; y “Thánatos”: muerte) no significa otra cosa que buena muerte, bien morir. Pero esta palabra ha adquirido ya desde hace algún tiempo otro sentido: el de procurar la muerte sin dolor a quienes sufren. Pero hoy, más estrictamente se entiende por eutanasia el homicidio por compasión, es decir, causar la muerte de otro por piedad ante su sufrimiento o atendiendo a su deseo de morir por las razones que fueren.
Entonces, con estos precedentes, llamaremos eutanasia al acto cuyo objeto es causar muerte a un ser humano para evitarle sufrimientos, bien a petición de este, bien por considerar que su vida carece de calidad mínima para merecer el calificativo de digna. Así considerada, la eutanasia sigue siendo, siempre, una forma de homicidio, pues implica que un hombre dé muerte a otro, ya mediante un acto positivo, ya mediante la omisión de la atención y cuidado.
Hay algunos elementos que debemos tener en consideración para poder hablar propiamente de eutanasia:

  • La muerte ha de ser el objetivo buscado, ha de estar en la intención de quien practica la eutanasia.
  • Puede producirse por acción (administrar sustancias tóxicas mortales) o por omisión (negarle la asistencia médica debida), buscando la muerte de otro, no la propia.
No es eutanasia, por tanto, el aplicar un tratamiento necesario para aliviar el dolor, aunque acorte la expectativa de vida del paciente como efecto secundario no querido, ni puede llamarse eutanasia el resultado de muerte por imprudencia o accidente.

Por otro lado, los motivos que suelen llevar a la eutanasia son los siguientes:
  • Porque la pide el que quiere morir. La ayuda o cooperación al suicidio se considera una forma de eutanasia.
  • Para evitar sufrimientos, que pueden ser presentes o futuros, pero previsibles, o bien porque se considere que la calidad de la vida de la víctima no alcanzará o no mantendrá un mínimo aceptable (deficiencias psíquicas o físicas graves, enfermedades degradantes del organismo, ancianidad avanzada, etc).
Debe quedar claro que la eutanasia no es una forma de ejercer la Medicina, sino una forma de homicidio. Incluso, podemos decir que la eutanasia es la negación de la Medicina, porque la razón de ser de ella es la curación del enfermo, en cualquier fase de su dolencia. La eutanasia, por el contrario, consiste en la deliberada decisión de practicar lo opuesto a la Medicina: es dar muerte a otro, aunque sea bajo una presunta compasión. Cualquiera es perfectamente capaz de advertir la diferencia sustancial que existe entre ayudar a un enfermo a morir dignamente y provocarle la muerte.
En cuanto a la segunda parte de tu pregunta, refiriéndonos al caso de enfermos terminales y ante la inminencia de una muerte inevitable, médicos y enfermos deben saber que es lícito conformarse con los medios regulares que la Medicina puede ofrecer, y que el rechazo de los medios excepcionales o desproporcionados no equivale al suicidio o a la omisión irresponsable de la ayuda debida al otro, sino que significa sencillamente la aceptación de la condición humana, una de cuyas características es la muerte inevitable.
De lo que se trata es de evitar lo que se llama “encarnizamiento terapéutico”, esto es, la actitud de médico que ante la certeza que le dan sus conocimientos, y sabiendo que las curas o los remedios ya no proporcionarán beneficio al enfermo insiste en aplicarlas, y estas solo sirven para prolongar su agonía inútilmente. Por otra parte, es legítimo que un enfermo moribundo prefiera esperar la muerte sin poner en marcha un dispositivo médico desproporcionado a los insignificantes resultados que de él se puedan conseguir; como es legítimo también que tome esta decisión pensando en no imponer a su familia o a la colectividad unos gastos desmesurados. Esta actitud, por la ambigüedad del lenguaje, podría confundirse, para los no avisados, con la actitud eutanásica. Pero existe una diferencia absolutamente esencial: la que va de la aceptación de la muerte inevitable a su provocación intencionada.

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